Paisaje filipino, de Cecilio Apóstol

El sol en ebriedad suprema el suelo muerde
porque todo en la hora canicular concuerde
ni un hálito de brisa cruza la extensa y verde
paz del campo, ni un ave en el azul se pierde

Un mango aislado eleva su centenaria fronda
junto a un punso enano de giba aguda y monda
que las hormigas alzan para que en él esconda
el nuno vigilante que por las mieses ronda

Lejos corre, seguida del crío, una potranca
un carabao lustroso en un charco se estanca
en su lomo una garza hace una nota blanca

Un río desenrosca las eses de su tripa
y asoma, allá donde su curva se disipa
las manchas trapeciales de los techos de nipa